Al hilo de lo que comentaba hace unas horas sobre como habíamos pasado en meses de la «experiencia cliente» a  «normalizar el maltrato en el nombre de un virus», recibo esta carta abierta a la comunidad educativa, que me apetece compartir y difundir y que va en la misma línea, quizás más dramática, por los hechos que relata y por las secuelas.

Ayer escuchaba a una madre como «normalizaba» el que su hija se tape con una manta en clase. Eso no es normal, como tampoco es normal llevar mascarilla cuando ni siquiera estás enfermo, ni que te tomen la fiebre sin permiso y sin alternativa, y tantas otras cosas. Este es el trato que recibe los que formarán parte de la comunidad del futuro; Alguien se ha preguntado; ¿Qué principios les van a mover cuando a ellos se les ha tratado tan mal?

CARTA ABIERTA A TODA LA COMUNIDAD EDUCATIVA

Soy un padre que observa indignado cómo el Estado obliga a todas las niñas y niños a ser escolarizados y cómo, una vez dentro de la escuela, la Comunidad Educativa les obliga a respirar constantemente a través de una mascarilla, a respetar la distancia social en las aulas y ahora, en invierno, a mantener abiertas las ventanas a pesar del frío.
Y yo pregunto a la Comunidad Educativa, ¿qué pasaría si dentro de unos años se admitiera que los niños y niñas no eran «supercontagiadores»? ¿O que nunca existió un comité de expertos que tomaba las decisiones socio-sanitarias durante la pandemia? ¿O que los «asintomáticos» no tenían capacidad de contagiar? ¿O que los hospitales se venían colapsando todos los años durante las epidemias de gripe? ¿O que la gripe estacional no había desaparecido, sino que se le había cambiado el nombre?

Cuando vengan nuestros hijos e hijas a pedirnos explicaciones por su inútil sacrificio:
¿Diremos, como médicos/as, que expedimos compasivamente certificados de exención de uso de las mascarillas o diremos que no había evidencias científicas de sus contraindicaciones?
¿Diremos, como abogados/as, que interpusimos demandas contra las leyes y normas que considerábamos injustas o diremos que la justicia no tenía nada que ver con la salud?
¿Diremos, como periodistas, que difundimos las voces científicas censuradas o diremos que recibimos un salario extra por denunciar contenido negacionista?
¿Diremos, como catedráticos/as, que investigamos y publicamos análisis críticos sobre todos los aspectos de la pandemia, o diremos que la vimos pasar por la ventana desde nuestro cómodo asiento en nuestro lujoso despacho?
¿Diremos, como empresarios/as, obreros y obreras, que mantuvimos abiertos nuestros negocios, o diremos que nos vino bien cobrar dinero sin trabajar?
¿Diremos, como psicólogos/as, que advertimos de que el miedo generaba tanta enfermedad y muerte como el virus o diremos que nos frotábamos las manos pensando en la cantidad de trabajo que tendríamos en el futuro?

Cuando vengan nuestras alumnas y alumnos a pedirnos explicaciones por su inútil sacrificio:
¿Les contará el maestro de Matemáticas que desenmascaró el uso torticero de las estadísticas oficiales y comparó las tasas de infecciosidad y mortalidad del SARS-Cov-2 con las del virus de la gripe o les contará que sacó números y concluyó que para mantener tu estilo de vida necesitaba el 100% de su salario?
¿Revivirá la profesora de Biología la contradicción entre los nuevos descubrimientos científicos y los obsoletos fundamentos teóricos de la Biología y la Medicina, o más bien revivirá el desolador dilema de anteponer la vida de la abuela a la salud de la nieta?
¿Recordará el maestro de Historia sus advertencias contra el miedo para evitar un nuevo Holocausto, o alegará que simplemente cumplía órdenes?

Quizás la única respuesta honesta que podamos darle a la siguiente generación, por nuestro bien y por el suyo, sea que algunas personas intentaron desobedecer, pero no sabían cómo. Que echamos de menos haber tenido en la escuela una asignatura que nos hubiera enseñado cómo ser menos obedientes.

Creo que ha llegado el momento de impartir esta asignatura en todas las escuelas.

Una asignatura que enseñe a desobedecer en la escuela, debe tener como principal objetivo no dañar a nadie: ni a uno mismo/a, ni a otras personas, ni a los oponentes, ni al medio ambiente. Tiene que trazar un camino que parta de la humildad (yo no soy más que nadie) hasta alcanzar la dignidad (yo no soy menos que nadie). Tiene que respetar lo que cada cual considera importante para su vida, sea esto su salud, su salario o su reconocimiento social. Tiene que romper esquemas, no crismas. Tiene que enfrentarse a los sistemas, no a las personas. Tiene que hacerse de forma pública y con tanta belleza que la gente desee unirse a las acciones propuestas.

Puedes descargar la asignatura aquí: http://noviolenta.es/DesobedienciaNoviolenta_Enero2021.pdf